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“Argentina nos duele”, dice Mons. Buenanueva

Domingo, 15 de Febrero de 2015 | Actualizado a las 08:08
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Jueves 12 Feb 2015, San Francisco (Córdoba) (AICA):

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, aseguró que la democracia argentina “se muestra enferma, necesitada de una terapia a la que le restan pocos remedios eficaces” al ofrecer una reflexión sobre el próximo período electoral.

Monseñor Buenanueva consideró que la denuncia del fiscal Nisman, su trágica muerte y lo que ha desencadenado “han sacudido la conciencia ciudadana”, provocando “un duro encontronazo con la realidad”.

“Me ha venido a la memoria la primera vez que voté, aquel octubre de 1983. Con apenas 19 años, tenía una ilusión grande de un cambio cualitativo para una Argentina mejor. Hoy, promediando los 50, mi perspectiva está en suspenso”, lamentó el prelado en una reflexión que publicó a través de su perfil en la red social Facebook.

“Lo digo sin tapujos: al cabo de 30 años, nuestra democracia republicana se muestra enferma, necesitada de una terapia a la que le restan pocos remedios eficaces”, consideró el obispo.

Monseñor Buenanueva aseguró que las instituciones que funcionan “lo hacen por una mezcla de inercia y voluntarismo de pocos”, y "no terminamos de convencernos de que la falta de república, tarde o temprano, nos termina matando”.

El obispo recordó palabras de Benedicto XVI, que solía decir que el mejor orden justo es una tarea política que no termina nunca del todo. “Supone una decisión libre por la verdad y el bien que solo es posible si los ciudadanos poseen un conjunto de energías espirituales y morales que les permitan ir más allá del interés individual y de grupo para comprometerse con el interés común”, dijo.

“Esta condición no se improvisa, ni se decreta ni se programa. Pertenece al orden de las realidades espirituales cuya lógica no sigue las leyes del crecimiento material. Puedo siempre acumular más y más bienes materiales. Ahora bien, ser virtuoso (o buena gente, como se quiera) es una tarea que supone calidad de espíritu y mirada trascendente. No bastan las leyes para que haya justicia, se requieren hombres y mujeres habituados a la verdad, incluso si esto supone negarse a sí mismo, yendo más allá del interés egoísta”, observó.

Para monseñor Buenanueva, antes que buenos gobernantes, la Argentina necesita “una sociedad y unos ciudadanos de calidad”, de donde surjan dirigentes honestos. Luego se preguntó: “¿Con qué energías espirituales contamos los argentinos para reemprender esta tarea? ¿Cómo hacemos para liberarlas en beneficio del crecimiento común?”.

“Las energías existen –aseguró-. Menguadas, pero están. Basta entrar en la Argentina profunda, incluido también el mundo de la política. Creo que (monseñor Vicente) Zazpe hablaba más o menos en esos términos en los tormentosos años de la dictadura y la violencia de los setenta. De todas formas, pienso que el objetivo de toda la sociedad y, por delegación, de las autoridades que surjan del acto electoral, ha de ser más bien modesto: reconstruir el estado de derecho, la división de poderes y la transparencia republicana”.

El obispo de San Francisco también indicó que aún resta consolidar el camino de la nación, que supone “reencontrarnos como pueblo”, y consideró que “lo más terrible que dejan estos años es que la división entre argentinos ha vuelto a hacerse rígida, con una dureza de diamante” entre “ellos y nosotros”.

“Como creyente miro a Cristo, vuelvo la mirada y el corazón a su cruz. Contemplo en Él al que, al decir de San Pablo, supo destruir el odio que era el muro que separaba a judíos y gentiles. Esa capacidad de redención está intacta porque Cristo es el Viviente que ha vencido la muerte. En Él se encuentran esas energías que todo ser humano anhela para trascender. Él además las comunica sin medida a quien se acerca con fe y confianza a sus llagas santas y gloriosas”, concluyó el obispo.

Argentina nos duele

Reflexión de monseñor Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco (11 de febrero de 2015)

Una de las tareas que me había reservado para estas vacaciones era preparar algunas reflexiones para este año electoral 2015.

Nada demasiado especial: volver sobre conceptos claves de la enseñanza social católica para proponer alguna orientación a los fieles. Además de un deber del oficio de obispo, realmente tenía interés en hacer ese repaso.

La denuncia del fiscal Nisman, su trágica muerte y lo que ha desencadenado han sacudido la conciencia ciudadana. Un duro encontronazo con la realidad.

Me ha venido a la memoria la primera vez que voté, aquel octubre de 1983. Con apenas diecinueve años, tenía una ilusión grande de un cambio cualitativo para una Argentina mejor. Hoy, promediando los cincuenta, mi perspectiva está en suspenso.

Lo digo sin tapujos: al cabo de treinta años, nuestra democracia republicana se muestra enferma, necesitada de una terapia a la que le restan pocos remedios eficaces.

Lo poco que funciona de nuestras instituciones lo hace por una mezcla de inercia y voluntarismo de pocos. ¿Calculado interés de que las cosas sean así? ¿Indiferencia generalizada porque a mí no me toca? Es fatal: no terminamos de convencernos de que la falta de república, tarde o temprano, nos termina matando.

Benedicto XVI solía decir que, superando la falacia de las utopías que prometen más de lo que de hecho dan, la construcción del mejor orden justo posible de la sociedad es una tarea política que no terminan nunca del todo. Supone una decisión libre por la verdad y el bien que solo es posible si los ciudadanos poseen un conjunto de energías espirituales y morales que les permitan ir más allá del interés individual y de grupo para comprometerse con el interés común.

Esta condición no se improvisa, ni se decreta ni se programa. Pertenece al orden de las realidades espirituales cuya lógica no sigue las leyes del crecimiento material. Puedo siempre acumular más y más bienes materiales. Ahora bien, ser virtuoso (o buena gente, como se quiera) es una tarea que supone calidad de espíritu y mirada trascendente. No bastan las leyes para que haya justicia, se requieren hombres y mujeres habituados a la verdad, incluso si esto supone negarse a sí mismo, yendo más allá del interés egoísta.

Es una tarea que requiere, antes que buenos gobernantes, una sociedad y unos ciudadanos de calidad. De ahí surgen los dirigentes. Al revés es posible, pero más difícil.

¿Con qué energías espirituales contamos los argentinos para reemprender esta tarea? ¿Cómo hacemos para liberarlas en beneficio del crecimiento común?

Las energías existen. Menguadas, pero están. Basta entrar en la Argentina profunda, incluido también el mundo de la política. Creo que Zazpe hablaba más o menos en esos términos en los tormentosos años de la dictadura y la violencia de los setenta.

De todas formas, pienso que el objetivo de toda la sociedad y, por delegación, de las autoridades que surjan del acto electoral, ha de ser más bien modesto: reconstruir el estado de derecho, la división de poderes y la transparencia republicana.

Casi estoy tentado de borrar la frase que dice: “objetivo… más bien modesto”. Si solo hacemos esto, tendremos suelo para seguir soñando.
Volviendo a aquel octubre de 1983: soñábamos entonces que, para esta altura de nuestro camino como nación, esto estaría consolidado. Pues bien, no lo está. Es una tarea pendiente. Tenemos que reemprender el camino para lograrlo.

Pero hay algo más. También más hondo: este objetivo supone reencontrarnos como pueblo. Lo más terrible que dejan estos años es que la división entre argentinos ha vuelto a hacerse rígida, con una dureza de diamante: ellos y nosotros.

Convengamos que tenemos un pasado escrito con sangre que nos inclina en esa dirección. Va mucho más allá de la violencia de los setenta. ¿No era Sarmiento el que postulaba: “exilio o muerte” para los que no eran de su cuerda? ¿Cuántas frases similares escuchadas aquí y allá, incluso dentro de los muros de los templos o sacristías? Ese tipo de alternativas irreductibles nos siguen acompañando como genios malditos que no terminan de ser espantados. La muerte del fiscal se engarza en esa historia malhadada, y hace que hiera nuestros ojos lo que, por propia voluntad, no queríamos ver.

Seamos justos. También hemos tenido destellos de superación que pueden hacer ilusionarnos de nuevo y encontrar fuerzas para dar pasos de superación. Es un valioso punto de apoyo para hundir el arado en la buena dirección. Pero tampoco aquí hay automatismos. Se necesita una red de voluntades y de conciencias que miren en la misma dirección.

Como creyente miro a Cristo, vuelvo la mirada y el corazón a su cruz. Contemplo en Él al que, al decir de San Pablo, supo destruir el odio que era el muro que separaba a judíos y gentiles.

Esa capacidad de redención está intacta porque Cristo es el Viviente que ha vencido la muerte. En Él se encuentran esas energías que todo ser humano anhela para trascender. Él además las comunica sin medida a quien se acerca con fe y confianza a sus llagas santas y gloriosas.

No era lo que pensaba escribir. Pero es lo que llevo en el corazón en esta hora de nuestra patria.

Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco

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