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Asegurar el crecimiento interior. Cinco aspectos de la vida espiritual

Jueves, 22 de Enero de 2015 | Actualizado a las 20:43
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22 enero 2015, almudi.org

Cinco áreas de la formación espiritual que se presta principalmente a los candidatos al sacerdocio, aunque muchos aspectos son comunes a cualquier vocación cristiana

Entre los días 20 y 21 de enero de este año 2015 han tenido lugar las Jornadas de Pastoral de Castelldaura que este año, con el tema Qué se espera de un buen pastor? La formación de los pastores en clave evangelizadora, llegan a su edición número 50. Impulsadas por el Centro Sacerdotal Rosselló, de Barcelona, en estos 50 años han reunido a destacadas personalidades de la vida eclesial así como destacados profesionales relacionados con los temas que han sido objeto de estudio. Unos 3.000 sacerdotes y seminaristas, especialmente de Cataluña, han participado en estas Jornadas.

Ofrecemos la intervención de Juan Luis Lorda, ingeniero industrial, presbítero, doctor en teología, autor de varias obras científicas y divulgativas sobre antropología cristiana.

Para empezar, tres advertencias

− Este escrito resume en cinco áreas la formación espiritual que se presta principalmente a los candidatos al sacerdocio, aunque muchos aspectos son comunes a cualquier vocación cristiana.

− Tiene una orientación práctica; no se tratan los temas en sí mismos, desde sus principios teóricos, sino más bien pensando en cómo se pueden enseñar.

− Aquí solo se tiene en cuenta el aspecto espiritual. En la formación, hay que tener en cuenta otros dos aspectos.

a) Formación intelectual y cultural: es un campo con exigencias y métodos específicos, para desarrollarse y madurar.

b) “Buena educación” y sociabilidad, que comprende la disciplina mínima personal (levantarse de la cama, trabajar, mantener la habitación), higiene personal; y el buen trato con otros (virtudes sociales: acogida, amabilidad, cortesía, poner interés, saber escuchar). En el fondo, se unen a la caridad, pero requieren una práctica propia.

1. Cinco aspectos de la vida espiritual

De acuerdo con la experiencia de la Iglesia, el desarrollo de la vida del Espíritu, o del vivir en Cristo se puede concentrar en cinco aspectos, fuertemente unidos.

1. Las disposiciones o actitudes básicas cristianas, que son el amor de Dios y al prójimo; en definitiva, la caridad.

2. La práctica de la oración, o el trato personal con Dios, que da familiaridad y criterio cristiano

3. La participación en la vida de la Iglesia: Sentire cum Ecclesia. Sentir con la Iglesia, que es vivir realmente en la comunión de la Iglesia: participar en la Liturgia, en la misión, en la unidad. Quizá es el punto más extenso y complejo de los cinco.

4. La conversión cristiana, que necesita una lucha personal centrada en adquirir lo bueno y contener o superar lo malo; en el fondo es la transformación en Cristo, o el paso del hombre viejo al nuevo; eso es la ascética.

5. El trabajo y la responsabilidad con las propias obligaciones. Necesario para madurar humanamente. Además, no podemos poner menos interés en las cosas del Señor de las que ponen otros en su familia o en su profesión. Y en un mundo profesional hay que hacer las cosas bien.

1. La caridad (las disposiciones básicas)

La vida en Cristo o la vida del Espíritu Santo está presidida por la caridad, que es la disposición más básica de la vida cristiana: "el amor de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado" (Rm 5,5). Toda la vida cristiana se asienta en el doble mandamiento de la caridad: el amor a Dios sobre todas las cosas (como hijos en Cristo); y el amor al prójimo como a uno mismo (como miembros de Cristo). La caridad, unida a la fe y a la esperanza, es lo primero y lo último, la base y la corona de la vida cristiana. Esto es una conviccion teórica y un principio práctico.

Se ama lo que se reconoce como bueno. Hay que descubrir poco a poco el amor de Dios. Esto no se fuerza: es un don y un descubrimiento: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó su propio Hijo”. Se aprende de otros, se vive ese amor con otros; y se descubre en la propia fe y en la propia vida, dando lugar al agradecimiento y la esperanza, que encienden la caridad cristiana.

Es muy importante tomar conciencia de que este amor es don de Dios, y se da con el Espíritu Santo. Primero, para pedirlo humildemente. Después, para no confundirlo con cualquier sentimiento humano de benevolencia o afecto hacia Dios o hacia los demás. El amor de Dios es el amor que lleva a cumplir su voluntad, con una entrega plena y sacrificada como la de Cristo. Y el amor al prójimo es el que lleva a servir a los demás, empezando por los más cercanos, dando la vida como Cristo. No tiene que ver con buscar gustos, aunque como efecto proporciona la alegría cristiana. El Espíritu tiene que cambiar nuestro corazón y darnos la manera de amar de Cristo.

La caridad necesita una purificación y también distinguirse de los afectos puramente humanos, que no son malos, pero no son caridad. Esto se cultiva aprendiendo a querer a todos por amor de Dios y con la ayuda de Dios. Y dedicando a los que menos apetece la atención que uno se siente inclinado a prestar a los que son más afines o más amigos. De manera especial el amor cristiano llega a los “pobres”, no solo económicamente, sino también “sociológicamente”. En toda sociedad, también en el seminario o en cualquier ámbito parroquial, hay personas con desventajas o marginadas en algún grado. Es injusto y poco cristiano no tratar a todos con interés, aunque uno tenga más afinidad con unos que con otros. Y, al revés, es una gran muestra de amor de Dios y una manera de que crezca la caridad, empeñarse en prestar más atención a los que en cualquier ambiente o momento se ven más desplazados o dejados de lado. Y eso purifica mucho el corazón sacerdotal.

Por eso, la base del ejercicio de la caridad consiste en:

a) desear entregarse al Señor y decírselo de verdad muchas veces;

b) pedirle humildemente ese amor generoso y ese don de sí;

c) formarse en la caridad, que es ejercitar la generosidad y la entrega en el cumplimiento de la voluntad de Dios y en el servicio diario y constante a los demás; corrigiendo los propios defectos y pidiendo perdón a Dios y a los demás por las propias faltas y pecados.

d) procurar prestar siempre atención, en todos los ambientes donde se vive, a los más “pobres” o más dejados de lado: purificación del corazón.

2. La vida de oración personal (vida contemplativa)

La vida espiritual se alimenta en la oración, y particularmente, en la oración mental, hecha en la intimidad con Dios. Esta es una sorprendente y constante afirmación de la experiencia espiritual de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del mismo Cristo, que se retiraba a orar "de madrugada" (Mc 1,35; Lc 4,42) o "a la caída de la tarde" (Mt, 14.23; cfr. 26,36); que pasaba noches enteras en oración, especialmente antes de acometer algo importante (Lc 6,12). Y que dedicó cuarenta días de retiro penitente antes su misión pública (Mt, 41-11).

Quien quiera conformarse con Cristo ha de repetir esa experiencia. La práctica de la oración mental enamora de las cosas divinas, introduce en los misterios de Dios, da un trato próximo con las Personas divinas y enciende la caridad. También permite conocerse a sí mismo, con un conocimiento lleno de humildad y de agradecimiento, que hace entender los acontecimientos que se viven o padecen; y disponer los asuntos de la vida como Dios quiere. En particular, en la oración se medita y se escucha la Palabra de Dios. En términos clásicos, se corresponde con la vida contemplativa.

Una vocación cristiana madura, necesita iniciarse en la oración mental y, ordinariamente, requiere alguien que enseñe y guíe. La vida de oración necesita alimentarse en la Palabra de Dios y en los testimonios de vida cristiana. También se alimenta de la presencia de Dios y de otros medios espirituales. Todo esto se aprende y se enseña, según la constante experiencia de la Iglesia.

Es importante hacerse una idea de lo que es realmente la oración mental cristiana. Para superar inconvenientes que pueden venir de un exceso de expectativas desenfocadas (visiones, yoga) o de un defecto (aburrimiento). La oración mental comprende muchas cosas. Meditar las cosas de Dios y las cosas propias delante de Dios; la Escritura, el Evangelio del día, libros de doctrina o espiritualidad o de testimonio cristiano; la propia vida con sus aspiraciones y malentendidos, éxitos y fracasos; los proyectos; la petición por las personas y los asuntos; los actos de entrega, de petición, de arrepentimiento, de alabanza y amor. El puro acompañar al Señor y estar con Él tambien es oración. Es muy útil el libro de Boyland, Dificultades en la oración mental, para hacerse una idea realista. Es maestra Santa Teresa.

La oración mental católica es personal e íntima pero no encierra a la persona en sí misma, sino que se combina, se enciende y se alimenta con la oración de la Iglesia y la Liturgia.

3. La participación en la vida de la Iglesia: Sentire cum Ecclesia

Por usar una expresión latina clásica muy significativa. Forma parte de las actitudes básicas cristianas y entronca con la caridad. Comprende muchas cosas, pero están íntimamente unidas en la comunión que es la Iglesia y allí encuentran su sentido.

El cristiano ama la Iglesia, porque sabe que es presencia del Señor en el mundo. Ama la Iglesia como institución, con su misterio que está animado por el Espíritu Santo, con su estructura y también con sus miembros actuales. Y los que están en el cielo, donde ocupan un lugar especial María y los Santos.

Es un amor que debe desarrollarse al contemplar, precisamente, la presencia del Señor, especialmente en la Iglesia reunida en la Liturgia y en sus santos. Esto exige también un conocimiento histórico en el que tienen un lugar las flaquezas de las personas. Así se adquiere un amor maduro, que sabe cuánto daño podemos hacer los seres humanos al rostro de Cristo (pecado), pero también cuanto lo podemos reflejar (santidad y caridad).

Sentir con la Iglesia es saber participar en la Liturgia, culto, alabanza y oración común de la Iglesia. Es importante aprender a “vivir en directo” la Liturgia en comunión, en vez del simple “asistir” que es estar presente, quizá pasivamente. En la Eucaristía (o en la Liturgia de las Horas) toda la Iglesia se une al Señor para rezar con una voz, que expresa principalmente el que preside en nombre de Cristo, pero que todos pueden hacer suya interiormente y, con frecuencia, exteriormente, según lo pide los ritos. Tanto para el que preside como para los que asisten es importante hacer propio lo que se dice: las oraciones y plegarias eucarísticas; los salmos y antífonas; las plegarias devocionales.

Sentir con la Iglesia es participar en la misión que el Señor le encomendó. “id y predicad a todos los hombres”.

Sentir la Iglesia es reforzar siempre la comunión; con los vínculos jerárquicos y fraternales que la Iglesia tiene. Evitando todo lo que daña la comunión, y construyendo el buen entendimiento entre los cristianos. Superando también vicios que parecen menores, pero son muy dañinos: la división y pelea, la murmuración y la burla (bromas de sacristía): hay que tratar santamente las cosas santas (Sancta sancte tractanda).

4. La conversión cristiana (la ascética)

El tercer aspecto del vivir en Cristo o de la vida del Espíritu Santo, consiste en desarrollar la conversión cristiana que se inició en el Bautismo: con la ayuda de Dios, los rasgos morales de Cristo tienen que crecer y prevalecer sobre los rasgos del hombre viejo que cada uno tiene en sí mismo. Según nos enseña la experiencia de la Iglesia, la conversión no termina nunca y necesita el combate espiritual, la lucha espiritual o si se quiere, en términos más generales, la ascética.

Con la ayuda de Dios, hay que vencer o mortificar la triple concupiscencia de que habla san Juan: "la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida" (1 Jn 2,16); que son paralelas a las tres tentaciones de Cristo (Lc 4,1-13; Mt 4,1-11). Se trata de algo perfectamente real, que tiene manifestaciones muy concretas en cada persona. En este punto, la formación consiste, en ayudar a cada cristiano a descubrir en sí mismo y en concreto, estas manifestaciones o concupiscencias del hombre viejo. Y a plantear así su combate o lucha espiritual, con la ayuda de la gracia, para que predominen en su conducta los rasgos espirituales de Jesucristo.

Esta lucha por vivir en Cristo está enraizada en los sacramentos de iniciación, y tiene un apoyo particular en el sacramento de la penitencia, donde se reparan las heridas y las derrotas. Cada cristiano debe cooperar y obedecer a las insinuaciones del Paráclito. Para ese combate espiritual, es necesario un hondo conocimiento de sí mismo. Y es útil tanto el conocimiento teórico sobre los principios de la antropología cristiana (sobre la acción del Espíritu Santo, la caridad, la gracia; el pecado, la tentación y la libertad y los medios espirituales) como el conocimiento práctico de las manifestaciones reales que tienen en uno mismo. Nos tenemos que conocer, en concreto y de verdad, como pecadores e inclinados al pecado para reconocernos también como hombres salvados en Cristo por la gracia del Espíritu. Así el principio socrático del conocimiento de sí mismo encuentra un eco nuevo en el cristianismo.

5. El trabajo y el cumplimiento del deber (vida activa)

Cumplir con el deber, desempeñar las propias obligaciones familiares y sociales, en definitiva, trabajar, es parte muy importante de la obediencia a la voluntad de Dios. Y es la manera ordinaria de servir a los demás. Por eso puede tener una relación muy directa con el doble mandamiento de la caridad. También tiene un aspecto ascético muy importante, porque sujetarse a un trabajo, exige un vencimiento personal. Y someterse a una actividad exigente y reglada, con disciplina y esfuerzo, es imprescindible para la madurez humana y cristiana. Quienes no trabajan no maduran. La prolongación de la adolescencia en las sociedades modernas tiene que ver con que los jóvenes no asumen responsabilidades ni se enfrentan con lo que no les apetece pero hay que hacer. No se madura hasta que no se hace lo que hay que hacer independientemente de que apetezca.

Pero el trabajo es más que un medio útil o un remedio ascético. Forma parte de la vocación humana, porque Dios puso al hombre sobre la tierra "para que la trabajara y cuidase" (Gn 2,15; cfr. 2,5). En el trabajo, se gasta ordinariamente, la mayor parte de la vida de una persona. No se debe crear una dicotomía (una "esquizofrenia" o una "doble vida", decía san Josemaría) entre las "prácticas espirituales" y el trabajo. Si entendemos la vida espiritual como lo que es, vivir en Cristo, vivir la vida del Espíritu Santo, entonces entenderemos que lo abarca todo. Un cristiano debe trabajar cara a Dios, pidiéndole ayuda y ofreciéndole sus frutos. Entonces actúa como "sacerdote de la creación”, según una venerable expresión patrística, y da gloria a Dios en nombre de todo el universo. Todo, oración y trabajo, deben ser para Dios, para darle gloria y cumplir su voluntad.

En la formación espiritual, hay que fomentar esta madurez. También es importante porque se vive en un mundo profesional Y, por amor de Dos, hay que poner en los trabajos y actividades sacerdotales los estándares de exigencia que se tienen en el comercio normal o en otras actividades profesionales. Hay que trabajar por amor de Dios y a los demás, y hay que trabajar bien.

Conclusión

En estos cinco aspectos, se puede resumir la vida espiritual. Por tanto, la formación espiritual consiste:

− En ayudar a que se forme la disposición básica de la caridad con la entrega generosa de sí mismo para cumplir la voluntad de Dios y servir a los demás.

− Enseñar la vida de oración, que nos da intimidad con Dios, conocimiento propio y discernimiento cristiano.

− Hacer crecer el “Sentir con la Iglesia” amor a la Iglesia santa pero real, participación en la Liturgia y en la misión; contribuir a la comunión.

− En plantear positivamente el combate espiritual, apoyado en la gracia, para superar las “concupiscencias” del hombre viejo y vivir en Cristo.

− En fomentar el desempeño fiel y responsable de los propios deberes, que es el lugar donde Dios nos ha querido en el mundo.

2. La dirección espiritual de candidatos al sacerdocio

La base y el fundamento de la formación espiritual se da en el seminario. Esa formación tiene dos planos.

Plano teórico, que es dar a conocer los fundamentos de la vida espiritual, que, en definitiva, son los principios de la antropología cristiana. Dar a conocer cuál es el sentido y el fin de la vida cristiana, que es relación personal con Dios; cómo actúa el Espíritu Santo, lo que es la gracia y el pecado y la libertad, la tentación y las virtudes, y el valor de la entrega personal. También hay que enseñar en qué consiste la oración mental. Y poner en contacto con la experiencia de los grandes santos que son maestros de la Iglesia. La Cuarta parte del Catecismo puede servir estupendamente de guía para esta formación. Bastará repartirlo en un número suficiente de clases o charlas.

Plano práctico. Se trata de ayudar a cada candidato no sólo a conocerla sino a practicarla personalmente. Esto, sobre todo, pertenece a la dirección espiritual. Según los cinco aspectos:

1) La caridad es enamorarse de Dios y de sus cosas. Esto sólo se puede enseñar con el ejemplo de los santos y con el testimonio personal. Se puede hacer ver a cada uno hasta qué punto es generoso con Dios, con la voluntad de Dios, y con los demás. Se le puede señalar lo que se ve de él. Y se le debe animar a que lo resuelva haciendo muchos actos auténticos de entrega personal (aunque solo tengan un valor simbólico, pero mueven disposiciones) y pidiendo la ayuda del Espíritu Santo y un verdadero cambio del corazón. Hay un crecimiento práctico de la caridad que lleva a preocuparse más por los que más lo necesitan: cada ambiente tiene sus “pobres” y sus “marginados”. Crecer en esto es crecer en el corazón de Cristo.

2) Hay que introducir a cada uno en la vida de oración; de forma práctica y personal, alentando y resolviendo sus dificultades. Enseñarle a practicar la meditación o la oración mental; a tener presencia de Dios y saberse acompañado del Señor; y a tener espíritu de oración en la Liturgia (decirla en primera persona) y en la actividad diaria.

3) El Sentir con la Iglesia tiene aspectos más difíciles y otros más fáciles. El amor a la Iglesia crece al ver en ella al Señor y al conocer su santidad y su caridad en la historia. Un conocimiento suficiente de la historia de la Iglesia, con sus luces y oscuridades, ayuda también a que el amor madure y pueda digerir los aspectos deficientes que se pueden encontrar (empezando por uno mismo).

La “participación” en la Liturgia exige cultivar unos conocimientos y, sobre todo, unos hábitos interiores (“estar”, unirse al celebrante y al Señor, decir lo que se dice), y exteriores, que son más fáciles.

El desarrollo de un espíritu de comunión es una actitud muy básica en la Iglesia. Con sus aspectos positivos: vivir en comunión cordial (espiritual, afectiva, real) con el propio obispo, con el Papa, con la Iglesia; querer a los demás cristianos (empezando por los que se tienen cerca). Y negativos: evitar discusiones, recelos, murmuraciones.

4) Cada uno debe comprender que necesita convertirse y que es una tarea que no termina nunca. Al empezar, puede ser más evidente lo que hay que quitar; y también lo que hay que adquirir. Es preciso ayudar a cada uno a conocerse a sí mismo, a descubrir lo que le hace daño y lo que le ayuda. Aunque todos los hombres tenemos más o menos las mismas debilidades, cada uno tiene las suyas y en concreto. Debe reconocerlas y tratar de ellas en la dirección espiritual para plantear la lucha espiritual. Se le deben dar a conocer los medios ascéticos y de la vida de oración y animarle a confiar en Dios y pedir siempre su ayuda. Es muy importante que aprenda él mismo, porque nadie puede sustituir a otro en este campo. Se le anima, se le corrige amablemente, y se le hace ver que podrá vencer con la gracia de Dios y el olvido de sí mismo; y que hay que servir al Señor aunque no seamos perfectos.

5) Hay que ayudarle a que cumpla sus deberes de trabajo, de estudio y servicio, con responsabilidad, con puntualidad, con la perfección habitual en las tareas profesionales. De forma que adquiera la capacidad de trabajo y el orden de vida que necesitará para desempeñar su ministerio. Todo esto también es muy visible, de manera que se puede ayudar a cada uno en concreto a corregir lo que hace mal y a adquirir lo que le falta.

Estos son tareas de dirección espiritual personal, que se han de realizar con espíritu, con caridad y confianza. Para esto es esencial la figura del director espiritual. Tiene que ser un hombre que conozca y practique lo que enseña. Y que se gane la confianza de los seminaristas y pueda acompañarles. También cuando salgan del seminario; especialmente en los primeros años. Muchas heridas se pueden sanar si se atienden bien y pronto.

Dr. Juan Luis Lorda, Universidad de Navarra

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