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Francisco clama por la paz mundial y pide poner fin a las divisiones

Lunes, 6 de Abril de 2015 | Actualizado a las 19:39
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Domingo 5 Abr 2015, Ciudad del Vaticano (AICA):

El papa Francisco clamó hoy por la paz del mundo, volvió a advertir sobre la situación de los cristianos perseguidos y pidió poner fin a las divisiones y la violencia, al presidir la misa de Pascua de Pascua en la plaza de San Pedro e impartir la bendición tradicional bendición “Urbi et Orbi”.

La lluvia intensa no impidió que miles de fieles, entre ellos un grupo nutrido de argentinos, participaran del oficio religioso en el que el pontífice animó a los católicos a ir más allá de la "comodidad" y echar la indiferencia de sus vidas.

“El amor ha derrotado al odio, la vida ha vencido a la muerte, la luz ha disipado la oscuridad”, afirmó y recordó que con la muerte y resurrección de Jesús “muestra a todos la vía de la vida y la felicidad: esta vía es la humildad, que comporta la humillación” y que “sólo quien se humilla pueden ir hacia los bienes de allá arriba, a Dios”.

“Para entrar en el misterio hay que ‘inclinarse’, abajarse. Sólo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino”, sostuvo.

Francisco pidió implorar la gracia de “no ceder al orgullo que fomenta la violencia y las guerras, sino que tengamos el valor humilde del perdón y de la paz” y rogó a Jesús victorioso que "alivie el sufrimiento de tantos hermanos nuestros perseguidos a causa de su nombre, así como de todos los que padecen injustamente las consecuencias de los conflictos y las violencias que se están produciendo".

El pontífice rezó por Siria e Irak “para que cese el fragor de las armas y se restablezca una buena convivencia entre los diferentes grupos que conforman estos amados países” y exhortó a la comunidad internacional a "no permanezca inerte ante la tragedia humanitaria de los refugiados" de estos países.

“Que crezca entre israelíes y palestinos la cultura del encuentro y se reanude el proceso de paz, para poner fin a años de sufrimientos y divisiones”, imploró, para luego referirse a la situación en Libia: "Que se acabe con el absurdo derramamiento de sangre por el que está pasando". “Esperemos que también en Yemen prevalezca una voluntad común de pacificación, por el bien de toda la población”, añadió y expresó su deseo de que el acuerdo en Irán “sea un paso definitivo hacia un mundo más seguro y fraterno”.

Francisco pidió el don de la paz para Nigeria, Sudán del Sur y diversas regiones del Sudán y la República Democrática del Congo, al tiempo que recordó a todas las personas que que perdieron su vida, han sido secuestrados o los que han tenido que abandonar sus hogares. En este momento, el Papa dedicó un pensamiento especial a “los jóvenes asesinados el pasado jueves en la Universidad de Garissa, en Kenia”.

Asimismo, pidió por Ucrania, para que la resurrección del Señor “haga llegar la luz” especialmente “a los que han sufrido la violencia del conflicto de los últimos meses”.

El Papa invocó también la paz y libertad “para tantos hombres y mujeres sometidos a nuevas y antiguas formas de esclavitud por parte de personas y organizaciones criminales”, “para las víctimas de los traficantes de droga, muchas veces aliados con los poderes que deberían defender la paz y la armonía en la familia humana”, “para este mundo sometido a los traficantes de armas”.

Por último, Francisco pidió recordar “a los marginados, los presos, los pobres y los emigrantes, tan a menudo rechazados, maltratados y desechados; a los enfermos y los que sufren; a los niños, especialmente aquellos sometidos a la violencia”.

Bendición Urbi et Orbi de Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!
Jesucristo resucitó.

El amor derrotó al odio, la vida venció a la muerte, la luz disipó la oscuridad.

Jesucristo, por amor a nosotros, se despojó de su gloria divina; se vació de sí mismo, asumió la forma de siervo y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz. Por esto Dios lo exaltó y lo hizo Señor del universo. Jesús es el Señor.

Con su muerte y resurrección, Jesús muestra a todos la vía de la vida y la felicidad: este camino es la humildad, que comporta la humillación. Este es el camino que conduce a la gloria. Sólo quien se humilla pueden ir hacia los «bienes de allá arriba», a Dios (cf. Col 3,1-4). El orgulloso mira «desde arriba hacia abajo», el humilde, «desde abajo hacia arriba».

La mañana de Pascua, advertidos por las mujeres, Pedro y Juan corrieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío. Entonces, se acercaron y se «inclinaron» para entrar en la tumba. Para entrar en el misterio hay que «inclinarse», abajarse. Sólo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino.

El mundo propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer... Pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad, en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino disponibles y respetuosos.

Esto no es debilidad, sino auténtica fuerza. Quién lleva en sí el poder de Dios, de su amor y su justicia, no necesita usar violencia, sino que habla y actúa con la fuerza de la verdad, de la belleza y del amor.

Imploremos al Señor resucitado la gracia de no ceder al orgullo que fomenta la violencia y las guerras, sino que tengamos el valor humilde del perdón y de la paz. Pedimos a Jesús victorioso que alivie el sufrimiento de tantos hermanos nuestros perseguidos a causa de su nombre, así como de todos los que padecen injustamente las consecuencias de los conflictos y las violencias que se están produciendo, son mucas.

Pedimos paz ante todo por Siria e Irak, para que cese el fragor de las armas y se restablezca una buena convivencia entre los diferentes grupos que conforman estos amados países. Que la comunidad internacional no permanezca inerte ante la inmensa tragedia humanitaria dentro de estos países y el drama de tantos refugiados.

Imploremos la paz para todos los habitantes de Tierra Santa. Que crezca entre israelíes y palestinos la cultura del encuentro y se reanude el proceso de paz, para poner fin a años de sufrimientos y divisiones.

Pidamos la paz para Libia, para que se acabe con el absurdo derramamiento de sangre por el que está pasando, así como toda bárbara violencia, y para que cuantos se preocupan por el destino del país se esfuercen en favorecer la reconciliación y edificar una sociedad fraterna que respete la dignidad de la persona. Y esperemos que también en Yemen prevalezca una voluntad común de pacificación, por el bien de toda la población.

Al mismo tiempo, encomendemos con esperanza al Señor misericordioso el acuerdo alcanzado en estos días en Lausana, para que sea un paso definitivo hacia un mundo más seguro y fraterno.

Supliquemos al Señor resucitado el don de la paz en Nigeria, Sudán del Sur y diversas regiones del Sudán y la República Democrática del Congo. Que todas las personas de buena voluntad eleven una oración incesante por aquellos que perdieron su vida ―y pienso muy especialmente en los jóvenes asesinados el pasado jueves en la Universidad de Garissa, en Kenia―, los que han sido secuestrados, los que tuvieron que abandonar sus hogares y sus seres queridos.

Que la resurrección del Señor haga llegar la luz a la amada Ucrania, especialmente a los que sufrieron la violencia del conflicto de los últimos meses. Que el país reencuentre la paz y la esperanza gracias al compromiso de todas las partes interesadas.

Pidamos paz y libertad para tantos hombres y mujeres sometidos a nuevas y antiguas formas de esclavitud por parte de personas y organizaciones criminales. Paz y libertad para las víctimas de los traficantes de droga, muchas veces aliados con los poderes que deberían defender la paz y la armonía en la familia humana. E imploremos la paz para este mundo sometido a los traficantes de armas que ganan con la sangre de los hombres y las mujeres.

Y que a los marginados, los presos, los pobres y los emigrantes, tan a menudo rechazados, maltratados y desechados; a los enfermos y los que sufren; a los niños, especialmente aquellos sometidos a la violencia; a cuantos hoy están de luto; y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llegue la voz consoladora del Señor Jesús: «La Paz esté con ustedes» (Lc 24,36). «No teman, resucitó y siempre estaré con ustedes» (cf. Misal Romano, Antífona de entrada del día de Pascua).
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