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Las tres claves del Papa Francisco para la buena convivencia en familia

Jueves, 14 de Mayo de 2015 | Actualizado a las 04:51
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VATICANO, 13 May. 15 / 09:46 am (ACI/EWTN Noticias).-

Este miércoles, Fiesta de la Virgen de Fátima, el Papa Francisco inició en la Audiencia General una serie de reflexiones “sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos”, empezando con las tres palabras clave para alcanzar la buena convivencia en el hogar: permiso, gracias, perdón.

Ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre dijo que estas tres palabras son una “puerta de entrada” a la buena convivencia.

“Estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de poner en práctica”, aseguró, porque “requieren de una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, también a través de miles de dificultades y pruebas; si faltan, se abren poco a poco grietas que pueden hacer incluso que se colapse”.

Pero “nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la 'buena educación'” puesto que “la buena educación es muy importante”. “Un gran obispo, San Francisco de Sales, solía decir que 'la buena educación es ya media santidad'”. “Pero atención”, advirtió, porque “en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que puede convertirse en una máscara que esconde la sequedad del alma y el desinterés por el otro”.

El Papa recordó en este punto que “se suele decir: 'detrás de tantas buenas maneras se esconden malas costumbres'”. Y “ni siquiera la religión está a salvo de este riesgo, que hace resbalar la observancia formal en mundanidad espiritual”.

“El diablo que tienta a Jesús se caracteriza por sus buenas maneras, es un señor, un caballero, y cita las Sagradas Escrituras. Parece un teólogo. Su estilo parece correcto, pero su intento es el de desviar de la verdad del amor de Dios”. Y “nosotros en su lugar entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente arraigado en el amor del bien y del respeto por los demás. La familia vive de esta finura de querer bien”.

A continuación el Papa meditó sobre las tres palabras:

Permiso: “Cuando nos preocupamos de pedir con gentileza también aquello que quizás pensamos poder pretender, ponemos una verdadera defensa para el espíritu de la vida matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, también cuando forma parte de nuestra vida, exige la delicadeza de una actitud que no invade, que renueva la confianza y el respeto”.

Porque “la confianza no autoriza a dar todo por descontado. El amor, cuanto más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de atender que el otro abra la puerta de su corazón”.

Francisco concluyó esta palabra afirmando que “también el Señor pide el permiso para entrar” y deseó que “no lo olvidemos”.

Gracias: “A veces se piensa que estamos convirtiéndonos en una civilización de las malas maneras y de las malas palabras, como si fuesen un signo de emancipación”. Se trata de algo que “escuchamos decir muchas veces también públicamente”. “La gentileza y la capacidad de agradecer son vistas como un signo de debilidad, y a veces suscitan incluso desconfianza”.

“Esta tendencia debe ser contrastada en el seno mismo de la familia. Debemos ser intransigentes en cuanto a la educación del agradecimiento, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por aquí, si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, luego, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado el idioma de Dios” y “esto es feo”.

El Papa contó lo que le dijo una vez “un anciano muy sabio, bueno y sencillo: La gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de almas nobles” esa “gracia de Dios en el alma nos empuja a decir gracias”.

Perdón: Francisco indicó que “es una palabra difícil, es verdad, pero necesaria”. “Cuando falta, las pequeñas grietas se alargan -también sin quererlo- hasta convertirse en profundas fosas”.

El Papa recordó la oración del Padrenuestro en la que “se resume todas las preguntas existenciales para nuestra vida” y en la que se pide: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

“Reconocer haber cometido una falta es estar deseoso de restituir aquello que se ha eliminado -respeto, sinceridad, amor- y que sea digno del perdón. Y así se detiene la infección”, pero “si no somos capaces de excusarnos, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar”.

Por ello, “en la casa donde no se pide excusas comienza a faltar el aire, las aguas se estancan. Muchas heridas de los afectos, muchas discusiones en las familias empiezan con la pérdida de esta preciosa palabra: 'Perdóname'. En la vida matrimonial se pelea tantas veces... también 'vuelan los platos', pero les doy a ustedes un consejo: nunca acaben el día sin hacer las paces”.

Francisco, dejando de lado los papeles del discurso, dijo entonces: “¿Han peleado marido con mujer?, ¿hijos con padres?, ¿han discutido fuerte? Pero no está bien, pero no es el problema. El problema es que este sentimiento siga al día siguiente. Si han discutido nunca terminen el día sin hacer las paces Y, '¿qué debo hacer?, ¿ponerme de rodillas?' No, sólo se necesita un gesto pequeño, y la armonía familiar vuelve; basta una caricia, sin palabras. No es fácil, pero se debe hacer y así la familia será más bella”.

Para concluir, el Santo Padre reiteró que “estas tres palabras-clave de la familia son palabras sencillas, y quizás en un primer momento nos hacen sonreír. Pero cuando los olvidamos, no tiene nada de divertido, ¿verdad?”.

“Que el Señor nos ayude a ponerla en el lugar apropiado, en nuestro corazón, en nuestra casa y también en nuestra convivencia civil”, pidió.

Y para que no se les olvidase a los miles de fieles que llenaron la Plaza de San Pedro estas tres palabras y consejos, el Papa les pidió repetirlas junto a la frase: “nunca acabar el día sin hacer las paces”.

Texto Completo: Catequesis del Papa Francisco sobre “La Familia, las tres palabras”

VATICANO, 13 May. 15 / 10:15 am (ACI).-

Este miércoles, Fiesta de la Virgen de Fátima, el Papa Francisco inició un ciclo de reflexiones sobre \"sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos\", empezando con la explicación de las tres palabras clave para alcanzar la buena convivencia en el hogar: permiso, gracias, perdón.

A continuación el texto completo gracias a la traducción de Radio Vaticana:

La familia. Las tres palabras.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy es como la puerta de ingreso de una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos. Sobre esta puerta de ingreso están escritas tres palabras, que he utilizado en la plaza diversas veces. Y estas palabras son: “permiso”, “gracias”, “perdón”. En efecto, estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras simples, ¡pero no así simples para poner en práctica! Encierran una gran fuerza; la fuerza de custodiar la casa, también a través de miles dificultades y pruebas; en cambio, su falta, poco a poco abre grietas que pueden hacerla incluso derrumbar.

Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la “buena educación”. Está bien, una persona educada pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca. Está bien, pero la buena educación es muy importante. Un gran Obispo, san Francisco de Sales, solía decir que “la buena educación es ya media santidad”.

Pero atención: en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que puede transformarse en máscara que esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir: “Detrás de tantas buenas maneras se esconden malas costumbres”. Ni siquiera la religión está protegida de este riesgo, que hace deslizar la observancia formal en la mundanidad espiritual.

El diablo que tienta a Jesús ostenta buenas maneras – pero es realmente un señor, un caballero - y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo parece correcto, pero su intención es aquella de desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros, en cambio, entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente radicado en el amor del bien y en el respeto por el otro. La familia vive de esta fineza del quererse.

Veamos: la primera palabra es “¿permiso?” Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente también aquello que quizás pensamos que podemos pretender, nosotros ponemos una verdadera protección para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar.

Entrar en la vida del otro, incluso cuando es parte de nuestra vida, necesita la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto. La confianza, en fin, no autoriza a dar todo por cierto. Y el amor, mientras es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón. Con este propósito recordamos aquella palabra de Jesús en el libro del Apocalipsis, que hemos escuchado: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”. Pero ¡también el Señor pide el permiso para entrar! No olvidémoslo. Antes de hacer una cosa en familia: “¿Permiso, puedo hacerlo?” “¿Te gusta que lo haga así?” Aquel lenguaje verdaderamente educado, pero lleno de amor. Y esto hace tanto bien a las familias.

La segunda palabra es “gracias”. Ciertas veces pensamos que estamos transformándonos en una civilización de los malos modales y de las malas palabras, como si fueran un signo de emancipación. Las escuchamos decir tantas veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de agradecer son vistas como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza.

Esta tendencia debe ser contrastada en el seno mismo de la familia. Debemos hacernos intransigentes sobre la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, luego, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios. ¡Escuchen bien eh! Un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios. ¡Es feo esto, eh! Recordemos la pregunta de Jesús, cuando curó a diez leprosos y sólo uno de ellos volvió a agradecer.

Una vez escuché sobre una persona anciana, muy sabia, muy buena, simple, con aquella sabiduría de la piedad, de la vida...La gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de las almas nobles. Aquella nobleza del alma, aquella gracia de Dios en el alma que empuja a decir: “Gracias a la gratitud”. Es la flor de un alma noble. Ésta es una bella cosa.

La tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, cierto, sin embargo tan necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se ensanchan – también sin quererlo – hasta transformarse en fosos profundos. No para nada en la oración enseñada por Jesús, el “Padre Nuestro”, que resume todas las preguntas esenciales para nuestra vida, encontramos esta expresión: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”.

Reconocer de haber faltado y ser deseosos de restituir lo que se ha quitado – respeto, sinceridad, amor – nos hace dignos del perdón. Y así se detiene la infección. Si no somos capaces de disculparnos, quiere decir que ni siquiera somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas se vuelven estancadas. Tantas heridas de los afectos, tantas laceraciones en las familias comienzan con la perdida de esta palabra preciosa “discúlpame”.

En la vida matrimonial se pelea tantas veces…también ¡“vuelan los platos” eh! Pero les doy un consejo: nunca terminen la jornada sin hacer las paces. Escuchen bien: ¿han peleado marido y mujer? ¿Hijos con padres? ¿Han peleado fuerte? Pero no está bien. Pero no es el problema: el problema es que este sentimiento esté al día siguiente. Por esto, si han peleado, nunca terminen la jornada sin hacer las paces en familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solamente un pequeño gesto, una cosita así. ¡Y la armonía familiar vuelve, eh! ¡Basta una caricia! Sin palabras. Pero nunca terminar la jornada en familia sin hacer las paces. ¿Entendido? ¡No es fácil, eh! Pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bella.

Estas tres palabras-claves de la familia son palabras simples y quizás, en un primer momento, nos hacen sonreír. Pero cuando las olvidamos, no hay más nada para reír, ¿verdad? Nuestra educación, quizás, las descuida demasiado. El Señor nos ayude a volverlas a poner en el justo lugar, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Y ahora los invito a repetir todos juntos estas tres palabras: “permiso, gracias, perdón”… ¡todos juntos! Plaza: “permiso, gracias, perdón”. Son tres palabras para entrar realmente en el amor de la familia, para que la familia quede bien. Luego, repetir aquel consejo que he dado, todos juntos: nunca terminar la jornada sin hacer las paces. Todos, (plaza): “nunca terminar la jornada sin hacer las paces”. Gracias.

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